La caída



A mi amigo Javi, en recuerdo de aquel maravilloso congreso de Max Aub.

Antonio Solano



Entre las nubes asomaba, en almidonados retazos, un difuso mar oscuro. La desgarrada costa atlántica, una mancha verde y marfil; el océano -¿o era el petróleo?- más negro que el futuro de alguno de los que atrás quedaban. De Finisterre se perdió el rastro; solos mar y nubes, espuma y algodón, y aquel aparato relleno de humanidad que enfilaba rumbo a un lejano septentrión.

-Yo no quise firmar el decreto.

-Pero firmaste.

-Comprende cariño: Todos lo pedían; ¿cómo iba a negarme? Además, toda esa historia empezaba a fastidiarme el viaje, y estoy tan delicado...

-Ya, pero, ¿qué será ahora de él?

-No lo sé; quizás...

En el aeropuerto una gran pancarta bilingüe: "Nous voulons Québec. We want Quebec", saludó a los viajeros. Tribus, clanes remotos, hippies nostálgicos, todos movilizados reclamando la devolución de los territorios arrebatados en nombre de la civilización, expoliados hace siglos a sus legítimos moradores por el desalmado, que no desarmado, hombre blanco gurú. En los rostros de los manifestantes miradas aleutianas, algonquinas, esquimales, ojos rasgados con brillos opacos de impotencia y desamparo. Expulsados todos de su hogar, sin esperanzas, condenados al destierro eterno.




"El destierro es una pena vigente en nuestro Código Penal, de inusual aplicación, que consiste en expulsar, por tiempo variable, de un determinado territorio, a aquel sujeto que hubiere cometido injurias o infracciones contra el honor de cualquier otro habitante de dicho territorio"

-Seguro que ésta no va a salir en el examen de Penal del jueves.

-Sí, fíate tú.

-Pero si esto es una chorrada. Estamos en el siglo veinte, no en las mocedades del Cid.

-Siglo veinte también era ayer, y en la facultad de aquí al lado, Filosofía o Filología o lo que sea eso, han desterrado a uno.

-iVenga ya! No alucines.

-Te lo juro.

-No me jodas, tío...

-Que sí; dicen que...

Los bares universitarios son tan acogedores... Encuentra uno en ellos el calor que precisa para incubar su amor al estudio. En esas tertulias se halla el germen de voluntad que fructifica en notorias cosechas de aprobados. Allí, la raíz de los suspensos presentes despunta en verde retoño de ilusión futura. Siempre surge un feliz junio, septiembre o diciembre enredado en esas tibias conversaciones alrededor del café. El alumno despojado de tan fecundo abono, siente flaquear las bases que le sujetan a su tenaz empeño académico. Así abandona a la par que sus libros, su propia integridad moral. Y mientras añora esas sustanciosas veladas de bar universitario, o sucedáneo semejante, deja que un lánguido inexistir se apodere de él.




La Estación del Norte es un conglomerado de inexistencias. Miles de personas bullen, rebullen y se escabullen sin dejar impronta de sus destinos cruzados sobre el damero de losería y acero. Podrías haberte tropezado muchas más veces con uno de esos anónimos correligionarios de andanzas que con algún miembro de tu propia familia, y ambos seguiríais siendo unos perfectos desconocidos. Entre andenes parecemos infiltrados del marasmo viajero, seres que ocultamos con celo nuestra identidad, malhechores de atávicos crímenes ejemplares; máscaras que urdimos una vida paralela, siempre llena de misterio, sólo para equiparar nuestro anodino existir con el de aquellos que cargan de uno a otro lado su baúl de velados enigmas.

-iVaya! iRaquel! Pues no hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Qué haces por aquí?

-Mira, venía a sacar unos billetes.

-¿De viaje?

-No, no son para mí. Es un amigo el que se va; un caso realmente penoso.

Las estaciones son lugares tristes, mausoleos de despedidas definitivas, antesalas del olvido. El hombre que ahora se aleja, asomado a la última puerta del convoy, el pie en el estribo, quizá no regrese jamás. Siembra en su vago trazo del adiós una letanía amarga, a la que alguien se aferrará en su infinita melancolía de soledad. En un rincón, siempre alguien llora por el viajero solitario.




Me dijeron que para estudiar a gusto, y además obtener cumplido provecho de ello, debía acostumbrarme a la soledad. Sin embargo no siempre es éste el modo más adecuado de avanzar a través del proceloso mar del estudio y la cultura. Los esfuerzos, si compartidos, menos necesarios de denuedo. Y que mejor manera de incluir el factor lúdico en el estudio que combinar el tema de la semana con el cotilleo del día.

-La novela de los sesenta, ¿es existencial o social?

-Eso ¿de qué tema es?

-De la historia esa del Eufemio G. de Nero.

-iAhí va! Ese tío es el que dicen que acabó el otro día por los suelos. Olazo, Saldevilo y él.

-¿Cómo fue eso?

-Se ve que uno de aquí, un pardillo de segundo, se los llevó por delante al caerse por la escalera. Seguro que iba "piripi". Por lo que dicen, ya habían estado bebiendo a base de bien, en un cóctel que organizaba la Institución Universal Mariano Peláez. Irían hasta el culo; y eso que el tema era serio.

-Si es que la gente no sabe beber...

El estudio ennoblece al hombre, más incluso que el trabajo. Pero forma parte también de esas actividades humanas aparentemente contradictorias: Cuando es asequible, nadie desea practicarlo, mas basta negar el derecho a integrarse en él, para que semejante handicap mueva y conmueva a la víctima del rechazo, hasta conseguir o bien su afanosa integración, o bien su frustración definitiva como homo sapiens.




Sapiencia o erudición, qué más da; a algunos les sobra lo uno y lo otro. Son esas personas que acumulan, grano a grano, las moléculas del saber hasta amalgamar en su mente envidiosas dosis de cultura, siempre bien calibradas con desmesurados currículos. Pasan a nuestro lado, poderosos en esencia, máquinas intelectivas; pasan como cualquier otro, sin emanaciones que los delaten, sin esa aura de sabio loco o erudito despistado que uno se imaginaba de ellos. Y los vemos alejarse, rumiando en su circunspección el brote de un nuevo hallazgo que nos asombrará.

-El departamento hizo lo que debía.

-Ya, pero ¿ese decreto de expulsión no marcará un hito nefasto en esta facultad?

-Después de ver la reacción de Eufemio, Acacio y los otros, ¿podíamos cruzarnos de brazos?

-No, si yo no digo...

-Ignacio y yo pudimos aguantar el atropello, pero ya sabes, Eufemio es muy suyo.

-El caso es que el chaval no era de los malos; prometía en los estudios...

Las instituciones públicas juegan, a veces, papeles muy importantes en la sociedad. En el entramado de la jerarquía académica, una palabra puede quedar muy fuera de lugar, cuanto más una torpeza suma. Cultura y sociedad; relación mutua de implicación que no permite frivolidades, salvo a personajes cuya distinción por encima de la masa les exima de tal cumplimiento.




Hay que cumplir. En esta vida todo se reduce a tan sencillo principio: Cumplir para no ser despedido, para no ser desplazado, para no sucumbir en el olvido. Y cuando nos cierran las puertas es porque algo hicimos mal. No hay perdón, y los errores...hay que pagarlos.

-No lo dejes. Estudia; hazles ver lo que han perdido.

-Sí, machácalos; desde lejos humíllalos.

-Total, diez años se pasan volando.

-Además, otros se fueron en peores condiciones.

-Escribe.

-Eso, escribe...

En un vagón somnoliento, guiños cómplices de estaciones sin nombre, el solitario vela su propia tristeza. Mañana otra albada, más días de viaje; ¿cuántos guiños te saldrán al paso? Conocer nuevas gentes, nuevos lugares; ¿tiene el calor de un amigo fronteras? Dentro de unos días, tal vez en un frío apartamento, te preguntarás a qué conduce un mal paso, cómo cambia una vida por un nimio trastabilleo. El mundo está lleno de errabundos seres que un día tropezaron en mal lugar; seguro que no por ello han dejado de ser felices. La añoranza, o quizás ser diferente de los que te rodean, la desventura o la contrariedad, todo contribuye a forjarte como persona. Saluda a Silvia, y a Darío; te pueden ayudar. Pero no abandones esos empeños que alguna vez te inclinaron a esta ingrata labor, y que hoy son fuente de tu desdicha.

Y sobre todo, escribe.




Alfafar, diciembre de 1993.